Museo Dolores Olmedo

Exibe obras famosas do casal Frida Kahlo e Diego Rivera, do acervo da colecionadora que batiza o museu. De terça a domingo, das 10h às 18h. Av. México, 5.843, La Noria, Xochimilco, tel (52 55) 5555-1221. www.museodoloresolmedo.org.mxColeções Permanentes

Doña Lola

En 1986, cuando Dolores Olmedo decidió crear un espacio en cual exhibiría la colección de arte de su propiedad, en el conjunto de habitaciones de la casa que hasta ese momento había sido conocida como “La Noria”, se dio inicio a una nueva construcción en donde se albergarían las habitaciones que ella ocuparía. Esta construcción se ubicó al sur del antiguo casco de la hacienda y se ligó al mismo a través de terrazas y escaleras, procurando que su estructura arquitectónica se asemejara a la original, creando una armonía visual con las áreas verdes. Esta nueva casa fue habitada por Dolores Olmedo desde 1988 hasta el día de su fallecimiento, el 27 de julio del 2002, en tanto que la que había ocupado anteriormente fue habilitada como área de exhibición y, desde 1994, ha funcionado como Museo.

Doña Lola dejó estipulado que a su fallecimiento esta casa pasara a formar parte del conjunto del Museo, donando todo lo que en su interior se encontraba, para acrecentar el fideicomiso y exhibirse al público. Es por ello que los espacios han sido adaptados para que el visitante disfrute de un recorrido no sólo por la casa, sino también por la vida de su fundadora, quien durante muchos años se resistió a hablar de ella misma, dejando a la posteridad el reconocimiento a su labor como promotora y difusora del arte mexicano.

Las salas de exposición permanente llamadas Habitaciones Privadas, se encuentran ubicadas frente al Jardín de los Xoloitzcuintles. Ahí se exponen objetos que formaban parte de la decoración original de la casa, como marfiles, porcelanas, pinturas, etc. Además, con la finalidad de que el público conozca aspectos de la vida y la obra de la señora Olmedo, se presenta un buen número de fotografías, dibujos, retratos, caricaturas y documentos que permiten apreciar su trayectoria dentro de la vida del México del siglo XX.

Candil, ca. 1950
Cristal cortado
Murano, Italia

 

 

Diego

Dolores Olmedo conoce a Diego Rivera en la Secretaría de Educación Pública en 1928. Doña Lola solía recordar que, el día que conoció al maestro, ella acompañaba a su madre, María Patiño Suárez viuda de Olmedo, quien tenía que realizar un trámite escolar. Llegaron a la Secretaría de Educación Pública, donde Diego pintaba sus murales. Al maestro Rivera le llamó mucho la atención Lola -como ella aseguraba- “seguramente por mis largas trenzas, mis ojos de china o algo así por el estilo, porque inmediatamente le pidió a mi madre que me dejara posar para él”. Su madre, que era amiga de artistas y  mujer  culta, no se negó. Rivera tomó algunos apuntes de Dolores y, más tarde, realizó 26 ó 27 dibujos al desnudo de Olmedo, según lo recordaba ella. Uno de ellos lo seleccionó Rivera para obsequiárselo a su joven modelo y otros más los aplicó en una de las escaleras de la Secretaría de Educación Pública.

Las primeras obras de Diego Rivera que Dolores Olmedo colecciona son dos litografías que el artista le obsequia en 1930: una, su Autorretrato, y otra, Desnudo de Dolores Olmedo –ambas con sendas dedicatorias. Al casarse Olmedo con el periodista Howard Phillips y debido a un malentendido, Dolores se ve en la posición de regresar las impresiones a Diego, quien las guarda hasta 1955, año en que le fueron obsequiadas a la coleccionista por segunda ocasión.

Años más tarde, hacia 1954, y tras la muerte de Frida Kahlo, Dolores Olmedo vuelve a encontrarse con Diego Rivera. Junto con un grupo de amigos viajan a Janitzio para participar en las ceremonias del Día de Muertos que se llevaban a cabo en el lugar. Este hecho les permitió retomar la vieja amistad que hubiera surgido más de veinte años atrás y que perdurara hasta la muerte del pintor.

En 1955 y bajo la tutela de Diego Rivera, Lola comienza a comprar obra del muralista: Retrato de Lola Olmedo (La tehuana), Retrato de Irene Phillips y una serie de dibujos. Doña Lola también contaba con tres obras con escenas del viaje a Janitzio, un obsequio de Diego. En 1956 el propio Rivera le entregó una lista de 10 cuadros, entre los que señaló a El matemático como una de sus mejores obras. Dolores Olmedo compró 7 de las 10 piezas. En 1956, visitó en París a un coleccionista que había heredado 21 obras de la propiedad de Enrique Friedman, amigo de Diego cuando éste estuvo en Europa, sin embargo no logró convencerlo para que le vendiera la colección. Fue hasta 1959, cuando salen en subasta en la Parke-Bernet Galleries de Nueva York (ahora conocida como Sotheby’s),  que Dolores logra adquirir 12 cuadros del periodo español y cubista de Rivera.
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Tal fue la amistad entre el maestro Rivera y Dolores Olmedo que su relación sobrevivió las actividades de cada uno, los matrimonios o divorcios de ambos y las épocas de mutuo enfriamiento. Al final de sus días Diego –muy enfermo de cáncer- pasó grandes temporadas en compañía de Dolores.  Ella misma explicaba que le ofreció estancia a Diego en su casa de Acapulco –La Pinzona-, para que el artista pudiera trabajar sin preocupaciones.  Fue ahí donde el muralista pintó el Quetzalcóatl en mosaico con concha, el Tláloc enorme y un sapo grande entregando su corazón a su amiga incondicional. Durante los últimos años de vida del maestro, Dolores estuvo continuamente con él.

A la muerte de Diego, en 1957, Lola había adquirido 50 obras de Rivera.  Como establecen los críticos, esta confianza ciega en el pintor no fue producto de una visión de coleccionista experimentada, sino de la lealtad de una amiga que tomó el gran riesgo de apostarle a un artista mexicano.

La amistad entre Olmedo y Rivera se tradujo en un pacto de confianza, de tal manera que, antes de morir, Diego le pidió que se hiciera cargo de los museos Frida Kahlo y Diego Rivera-Anahuacalli.  Además de su labor como coleccionista, Dolores cumplió la promesa que le hiciera a Diego de mantener abiertos estos museos, los que se mantuvieron funcionando por más de 50 años con su supervisión y no pocas veces con sus propios recursos.

El joven de la estilográfica, 1914
Óleo / tela

Frida

 

Frida Kahlo y Diego Rivera se “reencuentran” en 1928 en los corredores del entonces Ministerio de Educación, al igual que había sucedido entre Rivera y Dolores Olmedo. Frida en esos momentos tenía 21 años. Dolores de 20 y Frida de 21 ya tenían una historia marcada por la competencia amorosa: a las dos les gustaba Alejandro Gómez Arias.

Mientras Rivera estuvo casado con Kahlo, la distancia entre el maestro y Dolores Olmedo fue notoria, debido a la enemistad que existía entre Lola y Frida desde aquellos años preparatorianos. Fue a la muerte de la pintora, en 1954, que la amistad entre el pintor y la ya acaudalada empresaria se reanuda plenamente. Es en este momento que la promotora cultural, encaminada por el pintor, se convierte en una importante coleccionista.

A insistencia de su amigo Diego, y por el gran aprecio que le tenía, en 1955 Dolores Olmedo compra 27 obras de Frida -que entonces no era un gran nombre. La colección había sido propiedad del amigo y vecino de la pintora Eduardo Morillo Zafa, cuyo retrato está entre los óleos y dibujos que ahora habitan una sala íntima y callada del Museo Dolores Olmedo.

La Colección Frida Kahlo del Museo Dolores Olmedo es la más grande del mundo. En ella destacan obras internacionalmente reconocidas como La columna rota, Hospital Henry Ford, Autorretrato con changuito, Unos cuantos piquetitos y Mi nana y yo.

La columna rota, 1944
Óleo / masonite

Angelina Beloff

El desafío, cuando se trata de la preservación de la memoria de la artista Angelina Beloff, y de la ubicación de su lugar, muy merecido, en la historia del arte del siglo veinte, se deriva del complicado itinerario de su vida, que la llevó a tres países y dos continentes.  Nacida y criada en Rusia, donde se inició como artista, Beloff pasó casi un cuarto de siglo en Francia, y fue allí donde su talento maduró y fructificó, donde se volvió pintora y dibujante.  Pero su tercer, y definitivo, país fue México.  Durante los casi treinta años que pasó Angelina en México, no sólo continuó con su ejercicio artístico, sino que también participó activamente en la creación y desarrollo de instituciones públicas del arte, que repercutirían en la vida cultural del país.

La obra de Beloff es prácticamente desconocida en Rusia y Francia, aún siendo su nombre respetado allí entre los académicos dedicados a los movimientos vanguardistas, pero ante el público es escasamente reconocida.  No existe ninguna colección sustanciosa de su pintura u obra gráfica en ninguno de estos dos países, en tanto que los libros ilustrados por Beloff y publicados en ediciones limitadas se han vuelto una rareza.  Por eso depende de México preservar la memoria de esta artista.  Entre un número de colecciones privadas o museos en el país, es la colección en el Museo Dolores Olmedo la más rica recopilación en el mundo de Angelina Beloff, ya que abarca dibujo, acuarela y gráfica, a más de un ejemplar de su pintura al óleo.

El núcleo de la Colección Beloff en el Museo Dolores Olmedo fue fundado en 1994 (dos días antes de que abriera el museo), cuando la señora Dolores Olmedo adquirió 40 grabados del coleccionista Xavier Girón de la Peña.  Con la notable excepción del paisaje en óleo, Tepoztlán, las obras en exhibición en el Museo mayormente representan el período tempranero de Beloff: acuarelas, dibujos, grabados originales en lámina, y grabados en madera que fueron creados en Francia durante los 1910 hasta los años veinte.

La colección se basa en la obra gráfica de Beloff, lo cual permite al espectador una apreciación real, una mira a su destreza técnica como dibujante.  Casi treinta de los grabados originales en madera comisionados por la casa editorial Arthem Fayard, para ilustrar la novela Ariane, jeune fille russe (Ariane, joven rusa) por Claude Anet, están presentados como punto central de la colección.  Al mismo tiempo se encuentra un gran número de acuarelas y grabados en lámina creados para la historia de Jack London, Build a Fire (Arma una fogata), a más de las ilustraciones para los cuentos El soldado de hojalata y Los cisnes salvajes de Hans Christian Andersen.  Una dibujante nata, quien se perfeccionó a lo largo de los años, Beloff en su obra gráfica arribó a un estilo que se puede considerar tan conciso como lo es refinado.

Maternidad
Grabado en madera de pie / papel

 

 

 

 

 

 

 

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